En la presurosa marcha que los caballeros de la conquista hicieron en busca de los anhelados tesoros de Suamox, marcha que se efectuó a través del altiplano a impulsos de la ambición desaforada, los guerreros que acaudillo el licenciado Jiménez de Quesada, hallaron el caserío indígena de los Paipas. Los laboriosos indígenas del ubérrimo valle quedaron pasmados de terror ante la presencia de hombres de color distinto, portadores del rayo según ellos creían. Sin embargo, el grito de guerra no se hizo esperar porque el cacique Tundaza se aprestó a defender sus posesiones, cantando para ello con la probada fidelidad de gobernados y amigos que, como soberano de los Paipas, eran hombres dignos de su confianza.
Quesada, según cuenta la historia, quiso re huir el combate porque no desconocía el poderío y el arrojo de Tundaza, pero el soberano indígena encolerizado le envió un emisario para hacerle saber que lo estaba esperando con sus ejércitos y que si él, Quesada, no iba a sus dominios, vendría al siguiente día a buscarle a Paipa, donde tenia su cuartel el conquistador. El licenciado no atendió el perentorio llamamiento del jefe indígena pero éste sí cumplió su promesa y marcho al frente de doce mil guerreros sobre el valle. Por las serranías orientales. Por las serranías orientales, dice el cronista Castellanos, bajaron como un torrente de penach9os, petos, alijabas y arcos, los doce millares de guerreros. Los españoles afectando serenidad, pero evidentemente preocupados, esperando el ataque en ordenada formación. Se situaron en Bonza, pueblo indígena que más tarde fue encomienda de Pedro Núñez de Cabrera, poniendo por valla al río Sogamoso. Como observara el conquistador que los indios venían enardecidos y dispuestos al ataque y que la batalla estaba a punto de empezar, arengó a sus hombres diciéndoles: “fieles compañeros míos: la fortuna nos tiene puestos en un lance, del que no es posible escapar sin una sangrienta batalla. Verdad es que el número de los enemigos es grande, pero también es verdad que la muchedumbre entre bárbaros siempre engendra confusión y en ella se ha de fundar la victoria que espero conseguir por medio de tan valerosos españoles; pues Tundama nos provoca sin que de nuestra parte se le haya hecho ofensa alguna, conozca este bárbaro en el escarmiento de su locura y cada cual de mis soldados combata en defensa de la honra pues de ella depende la vida”.
Terminaba Quesada la arenga que nos transcribe el historiador Piedrahita, cuando los indios hicieron caer sobre el grueso ejército español una lluvia de piedras y flechas. Los españoles cargaron con su caballeria, ayudados por algunos naturales de Bacatá y Baganique obligados a combatir contra sus coterráneos. Hicieron tantos estragos dentro de los indígenas, que el cacique se vio obligado a abandonar el campo, dejándolo literalmente inundado de sangre americana. Se dice que don Gonzalo estuvo a punto de perder la vida en Bonza al ser atacado a golpes de macana por un indio Duitama y que se salvó gracias d la intervención oportuna del capitán don Baltazar Maldonado. Pasada la refriega, el cacique de Paipa, sobreviviente de la catástrofe, ajusto la paz con los conquistadores y se dedicó a restablecer la tranquilidad en su comarca.
Trescientos años después, en un sitio que inmortalizó la historia, a pocos kilómetros del ensangrentado campo de Bonza, los aguerridos súbditos del Tundaza fueron vengados por sus descendientes. Formidable destino el de este pueblo que tuvo su territorio como teatro de dos etapas fundamentales que demarcan la dominación española en América. BONZA y VARGAS forman el gigantesco paréntesis que encierra tres siglos de ignominia.
Los padres dominicos, fray Francisco López, Camacho . Juan Zamora, Pedro Martín Palomino, y Fray Tomás Hernández, vinieron a evangelizar las tribus de Duitama y Paipa en el año de 1556. desde esa fecha se puede contar la vida de Paipa en algunas épocas de su vida.
Ocupa Paipa lugar preponderante en la historia de la revolución de la independencia como quiera que su nombre ésta íntimamente ligado con el Pantano de Vargas teatro de la batalla que hizo posible el formidable triunfo de Boyacá. Sus hombres aportaron grandes contingentes de recursos y fueron auxiliares eficaces del ejercito Libertador. Por estar grabado con caracteres inmortales en la conciencia de los colombianos, nos abstenemos de relatar episodios de este acontecimiento glorioso, pero sí debemos relievar como los hijos de Paipa se consideran honrados con su recuerdo y a él se dedican actos inspirados por el patriotismo, en cada efemérides de la gesta inmortal.
En la presurosa marcha que los caballeros de la conquista hicieron en busca de los anhelados tesoros de Suamox, marcha que se efectuó a través del altiplano a impulsos de la ambición desaforada, los guerreros que acaudillo el licenciado Jiménez de Quesada, hallaron el caserío indígena de los Paipas. Los laboriosos indígenas del ubérrimo valle quedaron pasmados de terror ante la presencia de hombres de color distinto, portadores del rayo según ellos creían. Sin embargo, el grito de guerra no se hizo esperar porque el cacique Tundaza se aprestó a defender sus posesiones, cantando para ello con la probada fidelidad de gobernados y amigos que, como soberano de los Paipas, eran hombres dignos de su confianza.
Quesada, según cuenta la historia, quiso re huir el combate porque no desconocía el poderío y el arrojo de Tundaza, pero el soberano indígena encolerizado le envió un emisario para hacerle saber que lo estaba esperando con sus ejércitos y que si él, Quesada, no iba a sus dominios, vendría al siguiente día a buscarle a Paipa, donde tenia su cuartel el conquistador. El licenciado no atendió el perentorio llamamiento del jefe indígena pero éste sí cumplió su promesa y marcho al frente de doce mil guerreros sobre el valle. Por las serranías orientales. Por las serranías orientales, dice el cronista Castellanos, bajaron como un torrente de penach9os, petos, alijabas y arcos, los doce millares de guerreros. Los españoles afectando serenidad, pero evidentemente preocupados, esperando el ataque en ordenada formación. Se situaron en Bonza, pueblo indígena que más tarde fue encomienda de Pedro Núñez de Cabrera, poniendo por valla al río Sogamoso. Como observara el conquistador que los indios venían enardecidos y dispuestos al ataque y que la batalla estaba a punto de empezar, arengó a sus hombres diciéndoles: “fieles compañeros míos: la fortuna nos tiene puestos en un lance, del que no es posible escapar sin una sangrienta batalla. Verdad es que el número de los enemigos es grande, pero también es verdad que la muchedumbre entre bárbaros siempre engendra confusión y en ella se ha de fundar la victoria que espero conseguir por medio de tan valerosos españoles; pues Tundama nos provoca sin que de nuestra parte se le haya hecho ofensa alguna, conozca este bárbaro en el escarmiento de su locura y cada cual de mis soldados combata en defensa de la honra pues de ella depende la vida”.
Terminaba Quesada la arenga que nos transcribe el historiador Piedrahita, cuando los indios hicieron caer sobre el grueso ejército español una lluvia de piedras y flechas. Los españoles cargaron con su caballeria, ayudados por algunos naturales de Bacatá y Baganique obligados a combatir contra sus coterráneos. Hicieron tantos estragos dentro de los indígenas, que el cacique se vio obligado a abandonar el campo, dejándolo literalmente inundado de sangre americana. Se dice que don Gonzalo estuvo a punto de perder la vida en Bonza al ser atacado a golpes de macana por un indio Duitama y que se salvó gracias d la intervención oportuna del capitán don Baltazar Maldonado. Pasada la refriega, el cacique de Paipa, sobreviviente de la catástrofe, ajusto la paz con los conquistadores y se dedicó a restablecer la tranquilidad en su comarca.
Trescientos años después, en un sitio que inmortalizó la historia, a pocos kilómetros del ensangrentado campo de Bonza, los aguerridos súbditos del Tundaza fueron vengados por sus descendientes. Formidable destino el de este pueblo que tuvo su territorio como teatro de dos etapas fundamentales que demarcan la dominación española en América. BONZA y VARGAS forman el gigantesco paréntesis que encierra tres siglos de ignominia.
Los padres dominicos, fray Francisco López, Camacho . Juan Zamora, Pedro Martín Palomino, y Fray Tomás Hernández, vinieron a evangelizar las tribus de Duitama y Paipa en el año de 1556. desde esa fecha se puede contar la vida de Paipa en algunas épocas de su vida.
Ocupa Paipa lugar preponderante en la historia de la revolución de la independencia como quiera que su nombre ésta íntimamente ligado con el Pantano de Vargas teatro de la batalla que hizo posible el formidable triunfo de Boyacá. Sus hombres aportaron grandes contingentes de recursos y fueron auxiliares eficaces del ejercito Libertador. Por estar grabado con caracteres inmortales en la conciencia de los colombianos, nos abstenemos de relatar episodios de este acontecimiento glorioso, pero sí debemos relievar como los hijos de Paipa se consideran honrados con su recuerdo y a él se dedican actos inspirados por el patriotismo, en cada efemérides de la gesta inmortal.